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jueves, 15 de octubre de 2015
Ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros.
Contemplar el Evangelio de hoy
Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros.
Por eso dijo la Sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán’, para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario.
Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación. ¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido».
Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas, buscando, con insidias, cazar alguna palabra de su boca.
«¡(...) edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron!»
Hoy, se nos plantea el sentido, aceptación y trato dado a los profetas: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán» (Lc 11,49).
Son personas de cualquier condición social o religiosa, que han recibido el mensaje divino y se han impregnado de él; impulsados por el Espíritu, lo expresan con signos o palabras comprensibles para su tiempo.
Es un mensaje transmitido mediante discursos, nunca halagadores, o acciones, casi siempre difíciles de aceptar.
Una característica de la profecía es su incomodidad.
El don resulta molesto para quien lo recibe, pues le escuece internamente, y es incómodo para su entorno, que hoy, gracias a Internet o los satélites, puede extenderse a todo el mundo.
Los contemporáneos del profeta pretenden condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere. Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes, cuando ya no molesta.
Los contemporáneos del profeta pretenden condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere. Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes, cuando ya no molesta.
No faltan actualmente profetas que gozan de fama universal. La Madre Teresa, Juan XXIII, Monseñor Romero... ¿Nos acordamos de lo que reclamaban y nos exigían?, ¿ponemos en práctica lo que nos hicieron ver?
A nuestra generación se le pedirá cuentas de la capa de ozono que ha destruido, de la desertización que nuestro despilfarro de agua ha causado, pero también del ostracismo al que hemos reducido a nuestros profetas.
Todavía hay personas que se reservan para ellas el “derecho de saber en exclusiva”, que lo comparten —en el mejor de los casos— con los suyos, con aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y su fama.
Todavía hay personas que se reservan para ellas el “derecho de saber en exclusiva”, que lo comparten —en el mejor de los casos— con los suyos, con aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y su fama.
Personas que cierran el paso a los que intentan entrar en los ámbitos del conocimiento, no sea que tal vez sepan tanto como ellos y los adelanten: «¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia!
No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido» (Lc 11,52).
Ahora, como en tiempos de Jesús, muchos analizan frases y estudian textos para desacreditar a los que incomodan con sus palabras: ¿es éste nuestro proceder? «No hay cosa más peligrosa que juzgar las cosas de Dios con los discursos humanos» (San Juan Crisóstomo).
Ahora, como en tiempos de Jesús, muchos analizan frases y estudian textos para desacreditar a los que incomodan con sus palabras: ¿es éste nuestro proceder? «No hay cosa más peligrosa que juzgar las cosas de Dios con los discursos humanos» (San Juan Crisóstomo).
miércoles, 14 de octubre de 2015
ANTICIPO DE LA VIDA ETERNA
PRIMICIA DE LA
VIDA ETERNA
“Alabanza, gloria, sabiduría, acción de
gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos.
Amén” (Ap 7,11-12)
En
el tema anterior veíamos cómo el hombre, desde el principio, ha sido creado
para adorar a Dios.
Pero la adoración del hombre a Dios durante su etapa
terrena no es sino una sombra de loa adoración que le tributará eternamente.
En
la tierra, cuando el hombre adora a Dios lo hace de modo imperfecto, limitado
por su naturaleza pecadora, pero en el cielo ya no será así.
En la resurrección
lo imperfecto y parcial darán paso a lo perfecto (cf.1 Co 13,10). Esta
afirmación es aplicable también a la adoración.
Nuestra adoración, que ahora es hecha
desde la fe, pasará a ser hecha desde la visión: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía
lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).
Nuestro escaso conocimiento de la
adoración se convertirá en conocimiento profundo.
La palabra de Dios,
refiriéndose a la vida eterna nos recuerda que “ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora
conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido” (1 Co
13,12).
El deseo de adorar a nuestro Señor será
total, pues su presencia gloriosa además de la purificación total del pecado
del hombre lo harán inevitable.
Es lo
que nos afirma Juan en el libro del Apocalipsis en relación a aquellos que han
lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero: “Están delante del trono de Dios, dándole
culto día y noche en su Santuario” (Ap 7,15).
La
llamada, el privilegio y el mandato que los hombres de todos los tiempos
tenemos de adorar al Dios único y verdadero durante nuestra peregrinaje por
este mundo nos sitúan en la antesala de la adoración eterna, son primicia de la
adoración celestial, pues en el cielo, la adoración a Dios y al Cordero es la
esencia misma de la vida celestial: “Oí
la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de
los Ancianos. Su número era miríada de miríadas y millares de millares, y
decían con fuerte voz: ‘Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la
riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza’. Y toda criatura del cielo, de la tierra, de
debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían:
‘Al que está sentado en el Trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y
potencia por los siglos de los siglos’’” (Ap 5,11-14).
En la Jerusalén
celestial descrita en el Apocalipsis tendrá lugar la perfecta comunión de
corazones entre Dios y el hombre, porque no habrá lugar para ningún género de
idolatría ni grande ni pequeña, ni pasajera ni permanente: “Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre
ellos y ellos serán su pueblo y Él, Dios-con-ellos, será su Dios” (Ap 21,3).
Palabra profética
Palabras durante la adoración:
- Aquí cumplís la
misión que os he encomendado. Aquí sois fortalecidos. Aquí sois envueltos en mi
luz y en mi verdad. Aquí os hago partícipes de la gloria de la que participan
mis ángeles y todos los santos que están postrados ante mi.
- Misión de ángeles
y santos os encomiendo. No la despreciéis. No miréis vuestro barro. Aquí está
recubierto con mi santidad y resplandece con mi luz. Pero no olvidéis que
debajo de esa santidad y de esa luz
seguís siendo barro.
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